Las cinco sillitas quedan dispuestas en batería frente al lugar donde espero por la tortilla con pimientos que he pedido hace media hora. Ninguno de los durmientes parece sobrepasar los tres años de edad. Ninguno de ellos despertará en la hora siguiente, pese a los humos que se desprenden de una cocina mal ventilada y a las voces, cada vez más altas, de clientes que van ya por su cuarto cubata. El sueño de los críos permite a sus bronceados padres enfrascarse en una animada conversación sobre el coste de los amarres en distintos clubs naúticos, charla que solo se interrumpe por la llegada a la mesa de sucesivas botellas de albariño. Las madres se giran de vez en cuando para comprobar que todo sigue en orden. Cuando me marcho, cerca de las tres, el grupo todavía sigue allí.
Veo escenas parecidas con mucha frecuencia. Parejas que han decidido que su condición de padres no les impide en absoluto continuar con sus hábitos de salida y copas. Muchas de ellas incluso forman grupos para pastorear en común, indolentes, las rabietas de niños completamente pasados por la noche de bares y terrazas. Con suerte, muchas llegan a disfrutar ese momento en el que los chavales quedan agotados, se duermen y dejan de dar el coñazo. Es posible que a mucha gente le parezca normal, hasta es posible que realmente lo sea, pero yo no lo soporto: no entiendo qué pinta un niño en un bar a las tantas de la noche, ya sea con padres o sin ellos.
Tengo amigos que son padres recientes. Cuando comento con ellos historias de este tipo todos tienden a relativizar, me dicen que son casos aislados, y acaban afirmando que soy un exagerado, que no es para tanto, y que es algo que no puedo entender porque no tengo hijos. Y ahí me tengo que callar.
Por tanto, no me ha sorprendido la historia ésta de la pareja de Lleida que se fué de marcha y olvidó a su niña en la calle. He visto a la madre en la televisión afirmando que no fue culpa suya, que fue cosa de una mala reacción del alcohol con unos medicamentos que tomaba. Y lo afirmaba con toda la cachaza del mundo, dando la cara, cómo si este tipo de cosas fueran inevitables y formasen parte de los riesgos normales de la vida. Como si lo sucedido sólo fuera cuestión de mala suerte.
En este mundo, en el que se exige tener un carnet y seguro en regla para conducir un ciclomotor, a nadie se le exige requisito alguno para tener un crío. Sólo se retira la custodia cuando prácticamente se ha producido una desgracia, con frecuencia demasiado tarde. Soy consciente de que la gran mayoría ejerce correctamente su responsabilidad, pero no puedo evitar pensar que, quizás, no sería mala idea establecer algún tipo de carnet por puntos para padres.

Dentro de nada inventaran un carnet de la vida y nos quitaran puntos vitales .....